Las plantas... los animales... la huerta... el jardín... el agua... el sol... las noches...
la vida y trabajos al aire libre, rodeados de naturaleza ...
EL TERRAO - Dos urbanitas en el campo
Damos la bienvenida a todas aquellas personas que disfrutan simplemente con el canto de un pájaro, la vista de un atardecer, el crecimiento de una planta, los paseos por el campo, el diseño de un jardín... en definitiva los amantes de la vida natural ...
A la caída de la tarde, una de las parejas de golondrina común (Hirundo
rustica) descansa en una higuera del trajín de la construcción de su
nido. Aún tienen el pico "embarruzao". En un momento se lo limpiarán,
asearán su plumaje, un último vuelo y se recogerán a dormir.
Golondrina común (Hirundo rustica).
La parejita, al fondo, también con el pico con restos del barro de la constucción del nido.
Qué bien se integran y se camuflan cuando no están alborotando con sus
cantos entre las ramas de los árboles. Hembra de Chamarín (Serinus
serinus) comiendo hierbas en el suelo.
Posado en el ciruelo, mirando al seto, cantando bajito, casi arrullando, chamarineando a su novia que, allí dentro, prepara la cama para sus primeros huevos con plumas y pasto que lleva en el pico.
Chamarín, chamarí, ahora sí que canta fuerte y alto.
Ya se van para el norte, y pasan, por encima de mi casa, El Terrao, para despedirse
hasta el año que viene. Cientos de ellas, con su algarabía trompetera,
tocata y fuga. Grullas comunes, las damas grises, (Grus grus). Badajoz, 19 de febrero de
2017.
Las golondrinas, y otros muchos, llegan desde el sur. Las grullas retornan a sus áreas de cría en el norte. Primavera, eso dice el tiempo, aunque el calendario aún no se entera.
Normalmente, cuando escribo una entrada en el blog, procuro enhebrar una historia, contar algo que de cuerpo a las fotos que subo. En esta ocasión no es así, simplemente os voy a mostrar una serie de fotos cuyo hilo conductor es el del título, MIRADAS, miradas de animales que nos rodean, las miradas de algunos que conocemos y de otros que, seguramente por su tamaño, no nos hemos fijado en ellos jamás. La arañita de la foto que encabeza el post, una jovencita Evarcha jucunda, no mide más de tres milímetros, nos observa escondiéndose como puede detrás del borde del interruptor de la luz de la entrada de casa.
Esta otra, pariente suya, nos mira desde debajo de una hoja de parra, entre asustada y curiosa.
Evarcha jucunda, juvenil y minúsculo.
No nos damos cuenta, pero el mundo diminuto bulle de vida, en cualquier rincón, en los lugares más insospechados. Y, ellos, sus habitantes, nos vigilan.
Evarcha jucunda.
En el dilema de comer o ser comido, tienen que andarse con cien ojos.
Evarcha jucunda.
En otras ocasiones, su mirada indica puesta a la defensiva, estoy listo.
Machito de Icius sp.
O sorpresa cuando aparece por encima del respaldo de tu silla y te encuentra allí, de sopetón.
Machete de Evarcha jucunda.
Pero es simpático cuando, incluso, giran su cuerpo para mirarte y verte mejor.
Menemerus semilimbatus, hembrita.
En otras ocasiones, el sujeto de tus observaciones parece distante, distraído, como si, seguro de sí mismo, pasara de tí.
Macho de Empusa pennata.
Pero, ojo, está manteniendo las distancias, si te acercas más comienza a girarse, mirándote de soslayo ...
Macho de Empusa pennata.
... hasta que clava sus bellísimos ojos en tí.
Macho de Empusa pennata.
Pero no os preocupéis, éstos no hacen absolutamente nada, no pican, no muerden, sólo quieren que les dejemos en paz para poder comer y no ser comidos.
Miradas con ojos coloreados de tonos sorprendentes.
Sphodromantis viridis.
Otras miradas son bastante más inquietantes,
Asílido, mosca depredadora.
Otras, como la de esta Típula, sobrecogedoras, a pesar de ser un tipo de mosquito grandullón que no pica.
Típula sp.
O como la de este escarabajo nocturno.
Vesperus sp.
También grotescas y circenses.
Chinche verde (Nezara viridula).
Ojos maravillosos de escurridizos seres que se deslizan por paredes y techos.
Cría de salamanquesa común (Tarentola mauritanica).
Miradas tiernas en espera de que deposites algo apetitoso en el comedero del jardín.
Petirrojo europeo (Erithacus rubecula).
Ojillos a punto de cerrarse en un sueñecito de tarde de verano después de haber llanado el buche.
Gorrión común (Passer domesticus), jovencito.
O la mirada sincera y fiel de aquél que te lo da todo sin pedirte nada a cambio.
Me gusta salir de noche a pasear un rato por el campo.. No me importa que haga frío o buen tiempo. Lógicamente, si la temperatura es buena, el paseo es más largo.
Siempre ves algo, siempre descubro algo nuevo. Últimamente me he aficionado a los pequeños bichos nocturnos, ya sabéis, insectos, arañas y demás. Disfruto fotografiando lo diminuto, aunque también se ven otros animales de la noche, erizos, sapos, mariposas, ...
Y escuchar la noche, me encanta gozar con los sonidos de la noche. Hay pájaros que cantan de noche, o que anuncian el final del día o el amanecer.
Cuando canta el mirlo (Turdus merula) y maúlla el mochuelo (Athene noctua) el sol ya está desapareciendo por la raya de Portugal. También los alcaravanes (Burhinus oedicnemus) y el chotacabras pardo (Caprimulgus ruficollis)con su "paca-paca".
Ya de noche cerrada, entre el chirriar de los grillos, la lechuza (Tyto alba) pone el toque tétrico y tenebroso y se oye, lejano, algún autillo (Otus scops). El ruiseñor (Luscinia megarhynchos), que no duerme, no para de gorjear.
Mientras, yo a lo mío, cámara en mano, como una prolongación del ojo, fotografío todo lo que encuentro interesanto o bello. Arañas, caracoles, plantas, ...
Estando en eso, entre los cientos de sonidos de la noche de El Terrao, distingo uno que no conozco, cerca,muy cerca, una llamada trémula, aguda, como de un pollo de algún tipo de ave, seguido de otro sonido más fuerte que, aunque no sabía de qué animal provenía, me resultaba familiar por haberlo oído otras noches. Era como un ladrido corto, "guá-guá, dos veces, y después, "guá-guá-guá", tres veces.
Giro la cabeza y, con ella, la linterna frontal, y ... la gran sorpresa, a escasos cuatro metros de mí, en las ramas de uno de los grandes pinos piñoneros del jardín, sobre mi cabeza, tres hermosos ejemplares de cárabo común (Strix aluco), dos pollos (los que piaban) y un adulto (el que ladraba). Mirándome fijamente, con esos ojos de carbón mineral, brillantes, sin parpadear, como yo, los pollos movían la cabeza arriba y abajo más curiosos que nerviosos. El adulto, manteniéndome la mirada, seguía llamando a sus hijos.
Sin pensarlo dos veces empiezo a disparar la cámara, sin ni siquiera intentar cambiar el objetivo, un 85 mm macro. Muchas salieron mal, otras aceptables, y alguna bien. después de retocarlas un poco y aplicarles algo de recorte, puedo presentaros al cárabo, a la familia de cárabos, de El Terrao.
Después de un rato, poco, aunque no se iban, seguramente porque los pollos, inconscientes por su juventud, no se movían de su rama, decido dejarlos en paz para que puedan cazar algún roedor y tomar su ración diaria de alimento.
Cuando regreso a casa, un sonrisa de tonto no se me borraba de la cara, yo creo que no se me quitó en toda la noche. Estaba entusiasmado, ¡ qué gozada !
Fue entonces cuando recordé que el día antes recogí varias egagrópilas, posiblemente de rapaz nocturna, al lado de unos excrrementos blancos, líquidos, típicos de las rapaces.
Posiblemente eran de ellos, porque había muchas, al lado del porche de casa, al pie de un gran pino y un naranjo. No sé dónde tienen el nido, ni quiero saberlo, que vivan su vida en paz para que podamos disfrutar de ellos y con ellos. Se me cae la baba con el peluchete volandón.
Son experiencias que no se olvidan en la vida. Espero que a ellos, tampoco. Aquí tienen su casa y confío en disfrutar de su compañía durante mucho tiempo. Fijáos como mira con curiosidad este pequeñín.
Colegio de Educación Infantil y Primaria"Enrique Segura Covarsí" Badajoz
Vaya por delante que, a mí, personalmente, como me gustan los animalessilvestres, los salvajes, es en libertad. Pero hay ocasiones, como la que nos ocupa hoy, en que mi corazón, desde dentro, concede un pequeño margen de tolerancia hacia esta actividad, pero sólamente en lo tocante a la promoción y fomento del amor hacia las aves y, en general,a toda la vida animal y natural por parte de los niños, a su educación medioambiental, no a la actividad de la cetrería en sí, aunque sé que en determinados ámbitos, como la aviación, prestan un sensacional servicio.
El tío de uno de los alumnos del colegio, José Pablo Visea, por cierto, muy amablemente, se ofreció a dar una charla a los chicos sobre las aves rapaces de cetrería y a exponer algunos de los ejemplares que poseía y que cuida y entrena con especial cariño y esmero.
Primero, colocó en el patio unos posaderos, o perchas, donde iba a colocar a sus, a su manera, alumnos. Acto seguido, apareció con el primero de sus estrellas, una preciosa Águila, halcón, Harris (Parabuteo unicinctus), perfectamente acostumbrado a la presencia humana, hoy multitudinaria.
En segundo lugar, trajo un bonito ejemplar de halcón peregrino o común (Falco peregrinus brookei), creo, un poco nervioso, aunque pronto se acostumbró a la miríada de pares de ojos que lo observaban con asombro y admiración.
A continuación, sacó a escena a la protagonista de la mañana, digo protagonista porque, de inmediato, levantó una ola de admiración entre los presentes, una magnífica hembra de dos años de Búho real (Bubo bubo). Grande, inmensa, preciosa y, sorprendentemente, tranquila.
Le siguió un diminuto ejemplar de cernícalo americano (Falco sparverius) con su capuchón, que enseguida le quitaron. Muy bonito e inquieto, no mucho más grande que un mirlo, para que os hagáis una idea.
Por último, otro ejemplar joven de Halcón peregrino (Falco peregrinus), esta vez de la especie típica. Majestuoso, arrogante, con pose "heráldica" diría yo, sabedor de la espectación que levantaba.
En el patio es habitual compartir recreo con tórtolas, los omnipresentes gorriones, palomas y alguna urraca que vienen a por las migajas que se desprenden de los bocadillos. Hoy no había ni uno, por si las moscas.
Después, el amable cetrero pasó a dar una charla a los chicos y chicas del colegio sobre las aves que había traído. Hizo una descripción de las mismas añadiéndole los datos personales de cada una de ellas.
El momento culminante fue cuando subió a su guante al Búho real, al Gran Duque (en nuestro caso, Duquesa), lo acercó a los niños y dejó que lo acariciasen, bueno, fue el animal, el pájaro, el que, realmente, se dejó tocar.
Lo acariciaron tanto y con tal frenesí que al pájaro casi le da un ataque de ansiedad y comenzó a jadear. Hubo que dejarlo descansar.
Fue en ese momento cuando volvió a mí el sentimiento encontrado del principio, descubriendo, de nuevo, mis verdaderos gustos y deseos hacia la fauna salvaje: libertad, libertad ante todo. Vuelo libre de estas aves, sin pihuelas que cuelguen de sus tarsos, por nuestros cielos, sus cielos.
No hay más que fijarse en sus miradas. Yo los veo tristes, resignados a su vida en cautiverio, por muy cuidados que estén, que lo están. Con el anhelo permanente de volar sin ataduras, cazando para subsistir, criando en los roquedos, en fin, LIBRES.
De todos modos he de decir que, estar al lado, al ladito, de uno de estos bichos es una experiencia alucinante, bestial. Que te mire el Gran Duque a los ojos desde medio metro de distancia sube la adrenalina hasta niveles letales. Y tocarlo, acariciarlo, ¡¡¡ madre de Dios !!!, inolvidable. Quizás, a lo largo de los años, pueda proporcionar nuevos ejemplares que puedan ser liberados en nuestros montes para recuperar su ya escasa población y que podamos volver a oir su grave canto por las noches, a ser posible acompañado del aullido del lobo ibérico. A Félix Rodríguez de la Fuente le gustaría.